Historia que presente a un concurso hace ya dos años, más o menos. Se titula Jon, trata de críticar suavemente a este mundo en el que vivimos actualmente.
Jon
11:00
am. Pequeñas gotas siento en mi frente, creando un pequeño camino al caer.
Calor es lo único que se puede sentir en estos últimos meses, aún estando en
pleno invierno, el calor llega a ser insoportable; mis ojos se abren pero la
cegadora luz de la ventana no me permite distinguir nada más que sombras.
Suspiro. Otro día ha empezado en el que solo con despertarse comienzan las
desilusiones, me giro y alargo el brazo encendiendo la radio de mi despertador.
“Buenos días” son las dos primeras palabras que oigo pero han dejado de tener
significado, tras ellas empieza una discusión sobre el cambio climático y su
gran efecto en estas últimas temporadas. Me levanto pensando en cómo en tan
poco tiempo las cosas han podido cambiar tanto pero no hay respuestas para mis
preguntas secretas.
13.00
pm. Camino alerta, intentando aparentar inexpresivo ante todo lo que hay a mí
alrededor y con la mirada fría capaz de intimidar a cualquiera. Ya que mi único
objetivo es observar e intentar encontrar respuestas que no son respondidas por
nadie. Por la calle me encuentro con gente que conozco de vista, todos con ropa
de segunda mano porque quién ayuda a la gente que vive en la calle. Gente sin hogar
pero con carreras, ¿de qué les sirvió estudiar?; prostitutas, que esperaban
encontrar un lugar donde poder ganar dinero de forma honrada; emigrantes sin
papeles pero con grandes sueños rotos… En todos lados, en cada esquina me
encuentro con mentiras, tristeza, corrupción, etc.; esto es nuestro país ahora
gracias a todas las crisis y a esas personas que no saben lo que en verdad
importa. De repente algo me llama la atención, es una cara conocida pero
demasiado estropeada para ser la persona que un día conocí. Me acerco sin hacer
ruido pero con paso firme porque no le temo a nada y miro al muchacho que está
en el suelo pidiendo dinero, se nota lo que le ha dejado en este estado y solo
hay una palabra: drogas. Le miro recordando su entusiasmo por el estudio y la
cultura, aprieto los puños al ver lo que es ahora, solamente un dependiente de
las drogas. Me giro intentando relajar la gran rabia que siento al ver en que
se ha transformado todo lo que conocí.
15.00
pm. Entro en el primer bar que veo abierto, algo extraño. Estudio con
detenimiento el lugar, observando quien se encuentra en él pero solo puedo
encontrar a gente sin problemas económicos, seguramente que “por suerte” gozan
de un buen trabajo. Me siento en una mesa libre, lejos de los hombres trajeados
y el humo que hacen con sus cigarrillos, sonrío irónicamente. La televisión
está encendida y en estos momentos da un reportaje sobre la gran crisis que
existe en los países subdesarrollados, las imágenes llegan a ser impactantes:
niños esqueléticos o personas desplomadas en el suelo por culpa del hambre y la
pobreza, guerras entre bandos con demasiado desequilibrio en cuanto a armas ya
que los rebeldes utilizan palos, piedras o cuchillos mientras que los ejércitos
grandes armamentos y equipos especializados, mujeres que luchan también
intentando no llorar por la pérdida de sus seres queridos. Oigo una risa alegre
y quito la vista de la televisión enfocándola en mis acompañantes en el bar,
escucho su conversación y la cólera se apodera de mí. ¿Cómo es posible que se
puedan reír de la gente necesitada y más delante de estas imágenes? En un
rápido movimiento me levanto provocando que la mesa se caiga y les asuste,
sonrío al ver que a uno de ellos se le ha vertido la bebida encima. Les miro
fríamente y salgo de aquel lugar que apesta a estupidez humana.
17.00
pm. Apoyado contra el muro que rodea el colegio miro el cielo, pensativo sin
fijarme en las miradas de las chicas que salen de él pero sí fijándome en la
delgadez extrema de ellas. Fijo mi mirada en un cartel publicitario que se
encuentra en la acera de enfrente, una chica tan delgada que se le notan todos
y cada uno de los huesos causando que cualquier persona sea capaz de contarlos.
Este es el absurdo canon de belleza que hay en esta actual sociedad, la anorexia
extrema es, según las chicas, el estado perfecto del cuerpo; si no eres así, ya
puedes darte por humillada y abandonada. Unas personas muriéndose de hambre y
otras, que se lo pueden permitir, desprecian la comida. “¡Hermano!, gracias por
venir.” Miro a mi hermana pequeña y sonrío, me alegro de que ella solo se
preocupe de ser ella misma aunque esto le cause problemas. Le cojo la cartera y
agarro su pequeña manita, aún ya teniendo trece años me sigue pareciendo una
niña de tres. Caminamos juntos y ella me va contando su maravilloso día. Me
alegro de que con todo lo que pasa, ella siga siendo mi pequeña esperanza.
19.00
pm. Seguimos andando, mi hermana había querido pasar por la biblioteca antes de
regresar y me era imposible decirle no. Estaba concentrada en el libro que
había sacado por lo tanto yo tenía tiempo para pensar, algo que siempre en todo
momento hacia pero como dice la gran frase que me guía: “Pienso luego existo”.
Pasamos junto a un descampado, antiguamente era la casa de mi amigo pero las
cosas cambian y nosotros también. Se escucha un alarido de dolor junto a un
sollozo, me detengo intentando escuchar mejor y me llega otro sonido, esta vez
un insulto y risas. Miro a mi hermana con seriedad, indicándole que no se mueva
de aquí y salto sin dificultad la valla que rodea el descampado. Me muevo entre
la maleza con sigilo y agilidad, propias de cualquier felino al fin y al cabo
en las situaciones que estaba viendo en estos momentos todos los humanos se
transformaban en algo peor a los animales. Un grupo de chicos rodeaban a un
niño de la edad de mi hermana, todos le daban patadas e insultaban; insultos
actualmente y para la desgracia del mundo demasiado usados. El chico es de piel
oscura, razón de más para los otros para pegarle, está inconsciente aunque con
las patadas suelta pequeños alaridos de dolor. Calculo los movimientos que
debería de hacer para ayudarle e intentar acabar con los demás, es imposible
pero pesándolo bien: ¿qué es imposible en estos días? Salgo de mi escondite y
comienzo mi ataque, comienza la pelea. Ellos son cuatro, yo uno; ellos son
fuertes, yo no lo suficiente pero tengo algo que ellos no tiene, coraje para
ayudar a un desconocido…
21.00
p.m. Entro cojeando con la ayuda de mi hermana en nuestra casa, siento la sangre
en mi boca y el sabor me produce dolor de cabeza. Estoy magullado, cansado,
medio inconsciente pero realmente satisfecho porque he podido salvar a una
persona, esto no provocará que encuentre significado a mi vida pero sí me dará
coraje para afrontarla. Subo al segundo piso y me tumbo en la cama de mi
habitación, mientras mi hermana corre de un lado a otro buscando el botiquín
para curarme cuando lo encuentra me empieza a curar todas las heridas. Cierro
los ojos con fuerza al contacto del alcohol recordando la pelea y la mirada de
aquel chico cuando se lo llevaban en ambulancia, sonrío por dentro y poco a
poco el sueño se apodera de mi conciencia, relajado al sentir los cuidados de
mi hermana y el dolor amortiguado.
03.00
am. Me muevo en la cama semidormido, he sentido que alguien entraba en mi
habitación y se metía en mi cama pero no pienso en ello por culpa del
cansancio. Un sollozo me pone alerta, me siento en la cama corriendo y veo la
pequeña figura de mi hermana sollozando a mi lado, me despierto completamente y
acaricio su pelo en un intento de tranquilizarla. Una palabra sale de su boca,
“Mamá” y en ese momento comprendo todo. Me levanto de la cama y salgo de mi
habitación cerrando la puerta, sintiendo el suelo frío en mis pies, me dirijo
al lugar del que provienen unos fuertes ruidos y dos voces se escuchan. Bajo
las escaleras en silencio pero antes de poder abrir la puerta del salón oigo el
sonido fugaz y oscuro de un disparo. Corro. Corro aunque sé que nunca ni en mis
sueños llegaré en el momento adecuado, abro la puerta justo a tiempo de ver a
mi padre con la mirada ida y a mi madre enfrente de él tumbada, con varios
moratones, sin respiración y mirando un punto indeterminado de la estancia.
Otro disparo y un chillido del piso superior. Muerta. Muerto. Es el estado de
ambos, el estado provocado por no haber podido salvarles porque mi madre no
denunciara nunca. Muerte. Es lo que hay en la sala.
09.00
am. Los rayos de sol empiezan asomar por las ventanas, iluminan y provocan
calor en un día invernal. Las personas que viven en la calle se acuestan
mientras que las personas que “consiguieron” un trabajo se dirigen a él, bien
vestidos. En otros lugares las personas se despiertan también para afrontar un
largo día, deseosas de comida y algo de dinero. Algunas, en los países
desarrollados, miran al cielo esperando que hoy no les menosprecien por ser
diferentes. Y otras personas no vuelven a mirar nada más porque solo pueden ver
oscuridad y a la Dama de la Muerte.
10.00
am. Cargo a mi hermana en la espalda, subiendo una colina cercana a nuestra
casa. Llora. Siento una opresión en mi pecho por su tristeza pero me esfuerzo
por no demostrarlo, no se me da bien llorar. Llegamos a lo alto y bajo a mi
hermana en una piedra, donde la siento, me arrodillo frente a ella y le quito
las lágrimas. Le susurro que abra los ojos y mire el cielo, me obedece, aún
sintiéndose triste sonríe. Miro con ella el cielo, de un color azul brillante,
iluminando el sol toda la extensa pradera llena de flores silvestres en su
mejor esplendor, un río corre entre el prado y los pájaros vuelan, cantan
alegrando la mirada de mi hermana. Sonrío yo también pensando y llego a una
conclusión, no responde mis preguntas pero si me anima a seguir un camino.
“No
tengo que perder la ilusión en este mundo porque tengo que cuidarla a ella, mi
pequeña esperanza, y además voy a cambiar el mundo que me rodea para mejorarlo.
No estaré satisfecho hasta que la gente conozca la verdad de nuestro mundo y
hasta que todo el mundo sepa una cosa. Jon, de dieciocho años, ha aceptado su
misión y esa misión es sonreír cada día para cambiar este mundo.”